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"Felicitaciones señor Presidente"

Correa rompe diario La Hora. Foto Presidencia. 

Por José Hernández.
Tras el cierre de Hoy amigos y conocidos que están en el Gobierno se confiesan afligidos y tristes. De golpe, hurgan en su memoria –que al parecer funciona en forma intermitente– y descubren que ese diario jugó un papel progresista y vanguardista en el país. Pero, claro, hablan en pasado. Fue rebelde y democrático hasta que llegó al poder Rafael Correa. Fue un diario independiente e innovador hasta que la mal llamada Revolución Ciudadana se instaló en el Estado. Se entiende que fue el diario de ellos, que eran inconformes con el poder. Con los poderes. Y como ahora están cómodamente instalados en él, pues ya no puede haber más inconformes.

Los inconformes no pueden ser sino reaccionarios, derechistas y merecedores de la letanía de epítetos que el señor Presidente les reserva, cada sábado, con la delicadeza que se le conoce. La historia de las desavenencias con el poder político, en que eran expertos, se acabó el día que llegaron a las dependencias públicas. Las almas sensibles, los librepensadores, los rebeldes actuales no son, no pueden ser sino corifeos del pasado. Militantes obcecados de sistemas corruptos.

No obstante, los amigos del Gobierno –que escribieron en Hoy o en otros medios privados– se dicen pesarosos y atribulados de que no circule ni siquiera en la versión electrónica. Como dejó de hacerlo Vanguardia cada semana. Y como deben explicarse lo que pasó, articulan una respuesta a la medida de su buena conciencia: todo se debe a la pésima gestión de sus administradores.

El alzheimer y el poder -es conocido- forman una pareja feliz. Los amigos del Gobierno y de su gestión nada tienen que ver con la crisis que viven los medios ajenos a los subsidios estatales. No ha incidido el Presidente y sus prédicas obsesivas para que la ciudadanía no compre ni lea los diarios. Nada tiene que ver la Ley de Comunicación. Tampoco tienen que ver esos centenares de funcionarios que, amparados en leyes y reglamentos disparatados, trabajan a diario como los inquisidores que combatió Sebastian Castellio. Nada tiene que ver el aparato de comunicación de su Gobierno que veja, atenta contra honras ajenas, tergiversa biografías hasta convertir a periodistas con larga trayectoria democrática en lo contrario de lo que han sido.

¿Habrá habido administradores deficientes en esos medios? Es posible. Pero el lavado de manos de los amigos que están en este Gobierno muestra el desprecio que sienten hoy por la realidad-real que han creado: su modelo político–cultural es hoy la farsa. Y en una actitud que Ionesco, pensando en el surrealismo hubiera aplaudido, reservan a los viejos amigos una yapa: dan el sentido pésame –compungido y nostálgico– por la desaparición o la venta de medios que, en la realidad, su gobierno ha propiciado. Lo hacen como si se tratase de un gesto ético y un acto de honestidad intelectual.

Este es el poder de los simulacros, para parafrasear a Mario Perniola. ¿Acaso no fue una pésima broma hablar –como lo hizo el Presidente cuando anunció su cruzada contra los medios– de que lo único que buscaba era mejorar la calidad profesional del periodismo ecuatoriano? ¿Acaso no fue una coartada decir que iban tras las cabezas de Carlos Vera y Jorge Ortiz dizque porque eran políticos disfrazados? Ellos solo fueron los primeros…

Muchos cayeron en la trampa de creer que el poder político quiere medios profesionales; olvidaron que quiere medios sumisos. No quiere periodistas; quiere propagandistas. No quiere medios privados bien administrados; quiere torres repetidoras privadas o subsidiadas. No quiere críticas; ansía alabanzas.

Muchos creyeron que Alianza País, por la densidad de su discurso inicial y su capacidad de convocatoria, era un interlocutor digno para grandes debates de opinión que necesita el país. Pues no: el Presidente quería una esfera pública desierta y unos medios privados dóciles. O quebrados. O vendidos a personajes que no respiran un gramo de sensibilidad por el país. Para ello desanimaron –hasta en la ley– la inversión privada, les retiraron la publicidad pública y los convirtieron, en el imaginario colectivo, en el enemigo público número uno.

En ese contexto, es imposible considerar que el cierre de Vanguardia y de Hoy, la venta de El Comercio y las dificultades que conocen los medios privados, sean solo producto de una supuesta mala administración: es el resultado cantado de la voluntad del Presidente y de su Gobierno que se dieron por tarea hacer realidad la fábula del espejito: ellos son los más bonitos. Y sólo puede existir su relato sobre lo que hacen y deciden. Así que el Presidente está logrando lo que con tanto ahínco se propuso. Felicitaciones señor Presidente.

Que no se diga que los periodistas respiran por la herida porque supuestamente Correa los obligó a cambiar. El alzheimer selectivo o intermitente de los amigos o conocidos del Gobierno no puede generalizarse. Que se revisen los textos y los actos. Que se mire lo que hizo el periodismo ecuatoriano antes de que Correa llegara al poder para modernizarse, para profesionalizarse, para servir mejor a sus audiencias. Que no se cambie la biografía de periodistas que fueron amenazados o perseguidos por otros poderes políticos y que nunca consideraron que el nivel del periodismo ecuatoriano era óptimo. Eran críticos con su oficio y lo estaban transformando.

Lo que esos periodistas siempre dijeron –y ahora hasta en el desempleo seguirán diciendo– es que el poder político nunca mejorará al periodismo. Cuando interviene es para volverlo su vasallo. De ahí su interés por asfixiar los medios independientes de sus designios, en la forma que sea. El periodismo no está mejor bajo Correa: es un oficio que en Ecuador languidece.

Los defensores de esa indignidad se muestran contritos en privado. Eso se llama medrar del poder y exculparse por su vileza.

CON 'LOS CINCO SENTIDOS DEL PERIODISTA', según Ryszard Kapuściński (1932-2007).

Un mapa que preocupa

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