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Ecuador: el ring de Correa

Gracias Fernando Chamorro por el humor.
Por José Hernández.
¿Quién pone más gente en la calle el 1 de Mayo? Rafael Correa lanzó esa suerte de apuesta a sus críticos y opositores. No es la primera vez que el Presidente ecuatoriano lo hace. En su mandato, que suma ocho años, convirtió la esfera pública en un ring destinado a demostrar que él y sus partidarios son más, muchísimos más: es el lema de mayor uso en su gobierno.
Cualquier minoría o grupo social o político, que proteste en la calle o en las redes sociales, se expone a réplicas que incluyen movilizaciones de partidarios y funcionarios –obligados a desfilar– y campañas de propaganda en los medios de comunicación. Son tan prolíficas que resulta prácticamente imposible contrarrestarlas...
El gobierno ha evitado, en general, enfrentar en la calle partidarios y opositores. Su acción ha sido sobretodo ideológica y política. Para Rafael Correa se trata de probar que su gobierno cerró un ciclo histórico que no volverá. En su discurso, su gobierno representa las expectativas más genuinas y más sentidas de la población. Cualquier protesta no puede ser, en ese contexto, que un intento de intereses bastardos que pujan por imponer lo que a sus ojos es una “restauración conservadora”.

Correa no concibe el ejercicio del poder sin la construcción permanente de un enemigo. El marco político que ofrece a sus opositores es la guerra. Una guerra sin cuartel, diaria y que él libra en cualquier terreno. De un lado están él y su gobierno. Del otro, críticos y opositores que, en el lenguaje oficial, son agentes de causas innobles, apóstoles del pasado, oligarcas, lacayos, explotadores… O traidores, dirigentes indignos y gente manipulada cuando se trata de organizaciones indígenas y de trabajadores. En la versión oficial, esos dirigentes no representan las bases pobres que siguen siendo fieles al correísmo.

En los hechos, la relación fluida del gobierno de Correa con algún grupo social o político se obtiene solamente bajo dos condiciones: dependencia y sumisión. En los demás casos hay ataques, acoso administrativo o legal, descalificación y linchamiento mediático.

Ese estado de guerra permanente genera en Ecuador una esclerosis política y social de proporciones inquietantes. El Gobierno vive en un sistema cerrado, de auto rreferencias, estadísticas propias, lemas y discursos de  autoelogio. Las tesis contrarias, aún cuando se expresan con total buena fe, son denostadas. La lógica autárquica se completa con sondeos de opinión que, hasta hace un par de semanas, le resultaban totalmente favorables. Ahora el número de personas que no cree a Correa es superior al que le cree.

Normalmente en una democracia, la sociedad crítica tiene ante ella un gobierno que es su interlocutor. En Ecuador el gobierno es un contrincante. Al Presidente no le interesan las razones de sus contradictores. Para él no son ciudadanos inconformes. Son “sufridores”. Un apelativo que combina dosis de desprecio y de burla.

Paradoja adicional: en los reclamos o críticas, el gobierno encuentra motivos para justificar sus políticas e incluso radicalizarlas. Esa es la prueba, a sus ojos, de que está en el camino correcto y que negociar sería simplemente renunciar a sus preceptos revolucionarios.

La administración Correa no se queda en el discurso. Su reacción incluye equipos especializados en movilizaciones que sacan gente a la calle y trasladan partidarios a Quito, la capital, desde otras provincias. Buses contratados, comida y algún pago ha reportado la prensa local a propósito de los manifestantes del gobierno.

Otros equipos de trolls y propaganda buscan generar el mayor apoyo en la opinión y en las redes sociales. La estrategia de reacción persigue llegar siempre al mismo punto: ganar. Ganar como sea. Y proclamar, por todos los canales, que ellos son más, muchísimos más. No importa si, últimamente, para declararse ganador, tuerce los datos de la realidad. En la manifestación del 19 de marzo, convocada por los grupos sociales, se concentraron en Quito, en la Plaza San Francisco, unas 60 000 personas. Es el cálculo promedio hecho por observadores que vieron colmarse tres veces esa plaza durante la jornada. El Presidente solo contó 5000 personas…

El reflejo presidencial no solo corresponde a la forma cómo entiende el ejercicio de su legitimidad política. Tiene mucho qué ver con la historia reciente del Ecuador que incluye la caída de tres presidentes. La calle no solo funcionó como un contrapoder sino que suscitó sendos golpes de Estado entre febrero de 1997 y abril de 2005: dos vicepresidentes, en los casos de Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez, y el presidente del Congreso, en el de Abdalá Bucaram, terminaron en el Palacio de Carondelet. Rafael Correa participó en la manifestación  callejera que puso fin al gobierno de Lucio Gutiérrez.

Por supuesto, esos tres presidentes conocieron todos una inestabilidad política y también financiera (en el gobierno de Mahuad) ajenas hoy al gobierno del presidente Correa.

A esa aprehensión, este gobierno agrega su total aversión por los mecanismos básicos de la democracia. No dialoga, no abre canales de negociación, no escucha, no admite contrapoder alguno… Total: pone la sociedad ante una disyuntiva siempre política (a favor o en contra) y siempre marcial: se es ganador o se es perdedor. Y en el gobierno de Correa, como en los casinos, siempre gana la casa…

Ecuador es hoy un país bloqueado. La sociedad ha sido puesta contra la pared, pensada como simple espectadora de un gobierno que cree, que por haber obtenido una mayoría relativa, es poseedor de un cheque en blanco para hacer desde el Ejecutivo y el legislativo, lo que quiera. Y para convertir en enemigos a todos aquellos que creen –pensando en Alexis de Tocqueville– que esa mayoría no puede imponerse tiránicamente al resto.

Correa ama retar a sus adversarios a contarse en las calles, en las redes o en las urnas. Pero no respeta regla alguna. En el último año ha perdido, algunas veces, en la calle y en las redes. Los suyos han sido menos, muchísimos menos. No obstante se ha declarado ganador multiplicando allá y restando aquí. Así es como muta un economista en ilusionista.

Presidente, la calle no es suya


CON 'LOS CINCO SENTIDOS DEL PERIODISTA', según Ryszard Kapuściński (1932-2007).

Un mapa que preocupa

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