Retomando el tema de la inseguridad, las últimas cifras de asaltos, confirman la inquietud de la gente a la hora de tomar un taxi. Y esto se agrava cuando miles de vehículos no se sabe en manos de quién están, como lo documentan las fotos de esta galería. ¿Es tan difícil ordenar la situación?
En Quito
7 de cada 10 secuestro express en taxis»…
En Guayaquil En enero 31 asaltos. Febrero 26 y marzo van 10 asaltos»…
Aunque mal de muchos consuelo de tontos, en Brasil el asalto tiene perfume de mujer»…
La dictadura en el tránsito
Son miles. Los hay de distintos colores, modelos y tamaños, especialmente chicos, para viajar bien incómodos. Aunque tienen taxímetro cobran lo que quieren. Y lo peor, tienen placas tomate o blancas, pero en el mejor de los casos. En muchos, no la tienen y menos el registro oficial del Municipio de Quito que deben llevar al costado y en el prabrisas. Son fotos de
Quito, pero el caos, también es en
Guayaquil. Con la creciente inseguridad, uno sube a un taxi y puede ser el comienzo de un viaje a lo desconocido. En vez del
Pico y placa en Quito, debería ser
Pico ¿y la placa? ¿Qué hacen las autoridades?
La dictadura de los buseros
El Vallenato me gusta, y desde mucho antes de recorrer el Caribe colombiano. Pero todo tiene un límite.
Subí al bus cerca del Aeropuerto de Quito. Como un golpe, el vaho de la
radio me envolvió con su exceso de decibeles. Me fui al fondo, ya que
la joven no cobra el boleto al subir, y se complica haciendo al final,
lo que puede hacer al principio sin correr a los pasajeros y molestando.
Me senté y abrí La hoguera bárbara de Alfredo Pareja Diezcanseco,
que estoy releyendo a raíz del centenario de la masacre. Iba de un
paisaje ecuatoriano a una revolución, mientras el bus parecía vibrar
por el estruendo de los Vallenatos que escupía la radio, cuyo nombre no
pude descifrar. Entre tema y tema, aparecía un presentador gritando,
como quien le explica a un sordo, para decir un aviso o la hora. Cuando
subí al bus, iba a ritmo de paseo turístico, pero poco después el
conductor entró en un trance de piloto y pensé que el destino del viaje sería otro, posiblemente trágico.
El libro es atrapante, pero era imposible disfrutarlo sometido a la
tortura auditiva y carrera mortal. A unos 40 minutos de la travesía, por
Av. Amazonas, el conductor, en lugar de seguir dobló por Juan Carrión a
la izquierda. Ante el reclamo de algunos pasajeros, concretó su hazaña
inmutable, y una señora enojada y resignada, de las que se bajó conmigo,
dijo; desvió porque hay mucho tráfico. Abuso sin control y resignación. Eso es lo que hay.