Critiqué alguna vez a la colega Carmen Aristegui por hacer radio en televisión. No tuve respuesta, ni de ella, ni de CNN. Pero para mi satisfacción, tras mi carta empezaron a ilustrar las entrevistas televisivas lo que me pareció muy adecuado.
Más allá de esa anécdota, ahora la colega mexicana fue silenciada en la radio MVS, donde trabajaba.
Según informó, su despido fue por el tratamiento que dio a una protesta de diputados que la semana pasada colocaron en el Congreso y en la que aludían, sin pruebas, al presidente Felipe Carderón. Decían:
“¿Tú dejarías a un borracho conducir tu auto? ¿No, verdad?, ¿y por qué lo dejas conducir al país?”
Aristegui aclaró que lo que dijo en su programa fue que “el tema merecía una respuesta formal y oficial”. La presidencia no respondió, pero “exigió a los dueños de la cadena MVS que se disculpara públicamente”, agregó la periodista.
Me pregunto, así sea una pancarta de diputados o de la cocinera de la esquina,
¿no es una opinión respetable y manifestación de libre expresión?
Aristegui lamenta que “un hecho así solo es imaginable en las dictaduras que nadie quiere para México…” Y yo agrego, “ni para ningún otro país”.
Además, parece que regresamos a la costumbre griega y romana que llegó a la Edad Media, de querer matar al mensajero porque no nos gusta la noticia.