Según
lo que algunos ancianos de aquella ciudad de mi infancia me han
referido, mi tatarabuelo tenía por nombre Darío. En la pequeña población
conocíale todo el mundo por don Darío; a sus hijos e hijas, por los
Daríos, las Daríos. Fue así desapareciendo el primer apellido, a punto
de que mi bisabuela paterna firmaba ya Rita Darío; y ello, convertido en
patronímico, llegó a adquirir valor legal; pues mi padre, que era
comerciante, realizó todos sus negocios ya con el nombre de Manuel Darío. Escribió, Rubén Darío. Según confesó, fue lector precoz y aprendió a leer a los tres años, y pronto empezó a escribir sus primeros versos. 
Fue un viajero incansable y un amigo incondicional, como con los también modernistas, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez (foto).
Destacó nuestra cultura ancestral, como en las Palabras Liminares a Prosas profanas:
Si hay poesía en nuestra América ella está en las cosas viejas, en Palenke y Utatlán, en el indio legendario, y en el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es tuyo, demócrata Walt Whitman.
Si bien en ese mismo texto escribió que no deseaba marcar el rumbo de los demás, en el Prefacio de su famoso Cantos de vida y esperanza se refirió al Modernismo como el movimiento de libertad que me tocó iniciar en América. Muchos países lo recuerdan en monumentos, como el que está en su país natal, cerca de la plaza de la Revolución en Managua, Nicaragua (foto).